Cuando hasta la oración tiene que pasar por el filtro de los fariseos modernos

La oración no necesita la aprobación de los cínicos. Pero tampoco debe someterse al filtro de los supuestamente puros.” — Dr. Daniel Marte

Cuando algunos quieren administrar la oración ajena

Lo ocurrido recientemente en el Senado de Puerto Rico no solo provocó controversia pública. También dejó al descubierto una confusión más profunda: la incapacidad de muchos para entender qué es la oración, qué significa interceder por alguien y hasta dónde puede llegar la arrogancia humana cuando pretende decidir quién merece ser puesto delante de Dios y quién no.

Antes del inicio de unas vistas de interpelación, el licenciado Juan M. Gaud tomó unos momentos para orar por el licenciado Francisco Domenech. Fue un acto breve, voluntario y solemne. Como era de esperar, surgieron cuestionamientos por parte de sectores de la prensa. Sin embargo, lo más revelador no fue eso. Lo más triste fue ver a personas que se identifican como cristianas atacar no solo el acto de orar, sino también por quién se oró, por quién oró y por cuáles suponen que eran los motivos de quien oraba.

Ahí radica el verdadero problema.

La oración no es un premio para los aprobados

Una de las deformaciones más peligrosas del ambiente religioso contemporáneo es la idea de que la oración debe reservarse para personas moralmente aprobadas por el grupo, la tribu o la facción de turno, como si la intercesión fuera una especie de reconocimiento público, una medalla espiritual o un certificado de inocencia.

Pero eso no es cristianismo.

La Escritura ordena con claridad que se hagan “súplicas, oraciones, intercesiones y acciones de gracias por todos los hombres”, y añade específicamente: “por los reyes y por todos los que están en eminencia” (1 Tim. 2:1–2, Reina-Valera 1960). La lógica bíblica no es complicada. Se ora por quienes están en autoridad, no porque sean impecables, sino precisamente porque su posición tiene consecuencias para el pueblo y porque, como todo ser humano, necesitan dirección, misericordia y juicio de parte de Dios.

A esto se suma la enseñanza de Cristo en Mateo 5:44, donde el mandato no es orar únicamente por los amigos, los justos o los simpáticos, sino también por los enemigos y quienes persiguen. En otras palabras, el cristianismo bíblico no condiciona la oración a la aprobación emocional o moral de quien ora. Al contrario, la oración cristiana rompe ese cerco de preferencia personal y obliga al creyente a mirar al otro desde la obediencia a Dios, no desde el gusto propio.

Por eso, cuando alguien se escandaliza porque se oró por una figura cuestionada o controvertida, lo que realmente revela no es celo por la santidad, sino una comprensión muy pobre de la intercesión bíblica.

Interceder no equivale a justificar

Aquí hace falta una distinción elemental que muchos, por conveniencia o por ignorancia, prefieren borrar. Orar por alguien no equivale a absolverlo. Interceder por una persona no significa endosar todo lo que esa persona ha hecho, pensado o representado. Presentar a alguien ante Dios no es lo mismo que declararlo inocente, santo o intocable.

La Escritura jamás concibe la oración como un acto de encubrimiento moral. Más bien, la presenta como una expresión de la dependencia radical de Dios. Santiago 5:16 ordena a los creyentes que oren unos por otros, y Job 42:10 muestra a Job orando incluso por quienes habían sido parte de su dolor. La oración, entonces, no se limita al círculo de los aprobados ni al catálogo de los simpáticos. Se extiende también al conflictivo, al difícil, al que necesita gracia, al que necesita corrección, al que necesita arrepentimiento y al que necesita misericordia.

De ahí que resulte espiritualmente torcido convertir la oración en un privilegio selectivo. Si solo se pudiera orar por los irreprochables, casi nadie podría ser objeto de intercesión. Y si solo pudieran orar los absolutamente puros, casi nadie podría levantar su voz ante Dios.

El fariseísmo de fiscalizar por quién se ora

Lo más serio de esta controversia no radica únicamente en la reacción secular. Está en la reacción de algunos creyentes que han adoptado una postura casi farisaica ante la oración. No les basta con discrepar. Necesitan desacreditar el acto entero. Necesitan juzgar la intención. Necesitan atribuir motivos ocultos. Necesitan insinuar hipocresía. Necesitan presentarse como si tuvieran acceso al tribunal del corazón.

Eso es espiritualmente peligroso.

Bonhoeffer (1954) sostuvo que la comunidad cristiana vive por la intercesión mutua y que quien ora por otro ya no puede condenarlo ni odiarlo del mismo modo, porque la intercesión transforma la mirada hacia el hermano. Ese punto es clave: la oración no nace del mérito del otro, sino del deber cristiano de llevar al otro delante del Señor. De manera similar, Calvino (1848/1989), al comentar 1 Timoteo 2, subrayó que el mandato de orar por reyes y magistrados fue dado incluso cuando tales gobernantes podían ser detestados por los creyentes. Es decir, el deber de interceder no depende de la simpatía, la confianza ni la afinidad moral, sino de la obediencia.

Por eso, cuando un supuesto creyente desprecia la oración porque no aprueba al destinatario de esa intercesión, lo que revela no es una espiritualidad madura, sino una religiosidad tribal. Ya no ora según la Palabra. Ora, o deja de orar, según sus simpatías, sus resentimientos o sus agendas.

Y eso no es piedad. Eso es soberbia.

La tradición bíblica, cristiana y pública de la oración

También hay que decir algo que muchos hoy quieren olvidar. La oración pública en momentos solemnes no es una anomalía inventada por oportunistas modernos. Forma parte de una larga tradición bíblica, cristiana y pública. En la Escritura, los momentos de crisis, responsabilidad y juicio suelen estar acompañados de clamor, humillación y búsqueda de Dios. En la historia cristiana, la oración ha acompañado funerales, guerras, enfermedades, decisiones públicas y temporadas de aflicción. En la vida pública occidental, la oración en contextos solemnes también ha sido una práctica históricamente reconocida.

Por eso, pretender que toda manifestación visible de oración en un contexto público constituye automáticamente una ofensa constitucional o una amenaza democrática es una lectura deficiente tanto de la tradición como del derecho. La jurisprudencia reciente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha insistido en que las controversias sobre la expresión religiosa pública deben analizarse a la luz de la historia y la tradición, no simplemente a partir de la incomodidad subjetiva de quien observa (American Legion v. American Humanist Ass’n, 2019; Kennedy v. Bremerton School District, 2022). Esa línea doctrinal ha rechazado la idea de que toda expresión religiosa visible sea, por sí sola, sospechosa o inconstitucional. (Supreme Court)

En otras palabras, la presencia de la oración en contextos solemnes no es extraña ni a la visión bíblica del ser humano ni a la tradición pública estadounidense. Los pueblos, cuando enfrentan momentos de tensión, dolor, juicio o responsabilidad, históricamente han levantado la mirada hacia Dios. Pretender que esa dimensión debe desaparecer por completo del espacio público no es neutralidad. Es hostilidad cultural hacia la fe. (Supreme Court)

La justicia de Dios no compite con la intercesión

Algunos intentan crear una falsa dicotomía entre orar y reclamar justicia, como si la intercesión debilitara la denuncia del pecado o como si presentar a una persona ante Dios implicara automáticamente renunciar al juicio moral sobre sus actos.

Eso es un falso dilema.

La Biblia nunca opone la justicia divina a la oración. Al contrario, manda ambas cosas. Se puede denunciar la corrupción y, al mismo tiempo, orar por quien está bajo escrutinio. Se puede afirmar que Dios aborrece el robo y, a la vez, pedirle que traiga verdad, quebrantamiento y rectitud al corazón humano. Se puede rechazar el mal sin caer en la arrogancia de creer que la misericordia debe administrarse según nuestras preferencias.

Orar por alguien no cancela la verdad. Más bien, la invoca. Porque una oración genuina pide precisamente que Dios haga lo que ningún ser humano puede hacer plenamente: juzgar con justicia perfecta, exponer lo oculto, corregir al culpable, sostener al inocente y glorificarse en medio de la crisis.

Lo que esta controversia realmente revela

Al final, esta controversia no dice tanto sobre una oración como sobre nosotros. Revela cuánto ha penetrado en algunos ambientes una visión empobrecida de la fe, en la que la oración se evalúa por cálculo político y no por obediencia bíblica. Revela cuánto fariseísmo queda todavía en ciertos sectores que se apresuran a condenar el corazón ajeno mientras presumen de pureza propia. Revela también cuánto desconocimiento existe sobre la tradición histórica que ha acompañado la vida pública con momentos de solemnidad religiosa, sin que ello convierta automáticamente la fe en una amenaza constitucional. (Supreme Court)

Pero, por encima de todo, revela algo aún más serio: que hay quienes dicen creer en la Biblia, pero se incomodan cuando se toma en serio. Porque si la Escritura manda orar por todos, por los que están en autoridad, por los enemigos y por unos por otros, entonces el problema no es que alguien haya orado en un momento solemne. El problema es que algunos se han arrogado el derecho de decidir cuándo obedecer ese mandato y cuándo suspenderlo.

Y ese derecho no les pertenece.

Conclusión

La oración no necesita la aprobación de los cínicos. Pero tampoco debe someterse al filtro de los supuestamente puros. La intercesión cristiana no es una ceremonia de relaciones públicas ni un premio para los aprobados. Es un acto de obediencia. Es una confesión de dependencia. Es una declaración de que el ser humano, incluso en la esfera pública, sigue necesitando a Dios.

Cuando un creyente se escandaliza más por una oración que por la dureza de su propio corazón, ha perdido de vista algo esencial. Y cuando una sociedad sospecha de la oración no porque haya coerción, sino porque no le gusta el rostro del que recibe la intercesión, el problema no es la oración. El problema es una conciencia deformada por el orgullo, la selectividad moral y la amnesia espiritual.

La Palabra de Dios no autoriza a los creyentes a administrar la oración según sus simpatías. Los manda a orar. Por todos. Por quienes están en autoridad. Por quienes hieren. Por quienes necesitan gracia. Para quienes necesitan arrepentimiento. Por quienes necesitan dirección. Y también por nosotros mismos, para no confundir el celo por la verdad con la soberbia de querer ocupar el lugar de Dios.

Referencias

American Legion v. American Humanist Ass’n, 588 U.S. 29 (2019).

Bonhoeffer, D. (1954). Life together (J. W. Doberstein, Trans.). Harper. (Internet Archive)

Calvin, J. (1989). Commentaries on the Epistles to Timothy, Titus, and Philemon (W. Pringle, Trans.). Christian Classics Ethereal Library. (Original work published 1848) (Christian Classics Ethereal Library)

Kennedy v. Bremerton School District, 597 U.S. 507 (2022).

La Santa Biblia, Reina-Valera 1960. (1960). Sociedades Bíblicas Unidas.