El tema “cuando nuestras acciones no reflejan nuestras expresiones” es algo que todos hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas. Esto puede suceder tanto en los pequeños gestos cotidianos como en las grandes decisiones que tomamos. ¿Pero por qué ocurre esto? ¿Y qué dice esto sobre nosotros como individuos y como sociedad?
Comencemos por los ejemplos cotidianos, esos pequeños momentos donde nuestras acciones parecen desviarse de lo que decimos o pensamos. Por ejemplo, imagínate que estás en una reunión de trabajo y alguien propone una idea que realmente no te convence. En lugar de expresar tu verdadera opinión, asientes y sonríes. ¿Por qué? Tal vez porque valoras la armonía en el equipo sobre tu propia opinión, o quizás temes las posibles consecuencias de ser el único en disentir.
“Pero, sobre todo, hermanos míos, no juren por el cielo ni por la tierra, ni hagan ningún otro tipo de juramento para probar lo que dicen. Cuando digan «sí» que signifique «sí» y cuando digan «no» que signifique «no», para que no sean juzgados por Dios.” Santiago 5:12 PDT
Ahora, escalar esto a situaciones más serias, como las relaciones personales. Decimos que nos importa alguien, pero nuestros actos no siempre reflejan ese cariño o esa prioridad. Podemos pasar días sin comunicarnos con esa persona, o quizás no estamos presentes cuando realmente nos necesitan. A veces, esto se debe a la falta de tiempo o a prioridades mal gestionadas, pero otras veces puede ser un reflejo de una desconexión más profunda entre lo que sentimos y lo que realmente estamos dispuestos a comprometer.
Este fenómeno no se limita solo a las interacciones individuales. A nivel societal, también podemos ver ejemplos claros de este desajuste. Tomemos, por ejemplo, la política. Muchas personas expresan preocupación por la situación política de nuestro país. Sin embargo, a diario vemos incumbente y/o aspirantes a puestos políticos que dicen pensar hacer esto y aquello por la situación en la que atravesamos, nos prometen ser diferentes, que comparten nuestros valores más sin embargo muestran un claro contraste entre lo que dicen valorar y lo que realmente hacen.
Entonces, ¿por qué ocurre esta discrepancia entre nuestras palabras y acciones? Una de las razones podría ser la influencia de la presión social y las expectativas. A menudo, las normas sociales dictan ciertos comportamientos y expresiones, y desviarse de estos puede resultar en juicio o exclusión. Adaptamos nuestras acciones no necesariamente a lo que creemos o sentimos, sino a lo que creemos que los demás esperan de nosotros. Y lanzo la pregunta, ¿es esto correcto?
Otro factor importante es el autoengaño. A veces, nos convencemos de que nuestras pequeñas acciones no importan en el gran esquema de las cosas, lo que nos permite actuar de manera contradictoria sin sentir demasiado conflicto interno. “Soy solo una persona”, podríamos decir, “¿qué diferencia puede hacer realmente mi elección?” Esta mentalidad puede llevarnos a actuar de maneras que contradicen nuestros propios valores declarados.
La complejidad de las decisiones humanas también juega un papel. A menudo, estamos haciendo malabares con múltiples valores y prioridades que pueden entrar en conflicto entre sí. Por ejemplo, podrías valorar tanto el tiempo en familia como el éxito en tu carrera, pero ciertas situaciones te obligarán a priorizar uno sobre el otro, lo que podría hacer parecer que no valoras lo que has descuidado. Aún más, decidimos apoyar un candidato que reúne “casi” todos los encasillados o que tal vez “piensa casi” como yo.
Entonces, ¿cómo podemos alinear mejor nuestras acciones con nuestras expresiones? El primer paso es la autoconciencia. Necesitamos ser honestos con nosotros mismos sobre nuestras verdaderas prioridades y los compromisos que estamos dispuestos a hacer. Esto también implica reconocer las presiones externas que influyen en nuestras decisiones y aprender a manejarlas sin comprometer nuestros valores.
El segundo paso es la coherencia. Una vez que tenemos claridad sobre lo que realmente valoramos, podemos empezar a tomar decisiones que reflejen esos valores. Esto no solo es crucial para nuestra integridad personal, sino que también fortalece nuestra credibilidad y nuestras relaciones con los demás.
Finalmente, es vital practicar la empatía y la comunicación abierta. A veces, nuestras acciones pueden malinterpretarse como contradictorias a nuestros valores simplemente porque no hemos explicado claramente nuestras razones y motivaciones a aquellos que nos rodean.
En resumen, alinear nuestras acciones con nuestras palabras es un proceso continuo que requiere introspección, honestidad y valentía. No siempre es fácil, pero es un paso esencial hacia una vida más auténtica y significativa. Además, al hacerlo, no solo nos beneficiamos a nosotros mismos, sino que también contribuimos a construir una sociedad más coherente y transparente. Esto parece imposible, pero si lo es; les quiero dejar de referencia los siguientes pasajes bíblicos y léanlos con mucho detenimiento.

