“Porque gobernar no es improvisar. Liderar no es emocionar. Construir no es anunciar. Construir, en el sentido más noble del término, es comenzar con la decisión firme y responsable de terminar.” – Dr. Daniel Marte
Una reflexión sobre planificación, liderazgo y prudencia pública a la luz de una enseñanza de Cristo, en diálogo con ideas compartidas en múltiples conversaciones con el Lic. Juan M. Gaud.
Hay textos bíblicos que, aunque fueron pronunciados en un contexto espiritual específico, poseen una fuerza de aplicación extraordinaria para otras esferas de la vida humana. Uno de ellos es Lucas 14:28 al 30, donde Jesús dice:
“Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar y no pudo acabar.”
Lucas 14:28 al 30, RVR1960.
En varias conversaciones sostenidas con el Lic. Juan M. Gaud, este pasaje ha surgido una y otra vez como una referencia profundamente útil para pensar con seriedad sobre política, liderazgo, responsabilidad pública y planificación estratégica. Y no es para menos. Aunque el pasaje se enmarca en la enseñanza de Jesús sobre el costo del discipulado, el principio que contiene tiene una vigencia impresionante para evaluar el desastre de tanta improvisación que hoy se vende como liderazgo.
Cristo describe a un hombre que desea construir una torre. La imagen parece simple, pero la enseñanza es profunda. Antes de construir, hay que sentarse. Antes de comenzar, hay que calcular. Antes de anunciar, hay que medir. Antes de comprometerse públicamente, hay que examinar si realmente existen los recursos, la capacidad, la disciplina y la perseverancia necesarios para terminar lo que se empieza.
Ese principio, tan básico y tan evidente, es precisamente uno de los más ignorados en la política contemporánea.
Vivimos en una época en la que muchos quieren figurar como constructores, pero pocos quieren asumir la responsabilidad de planificar como arquitectos. Sobran los discursos, faltan los planos. Sobran los eslóganes; faltan los cálculos. Sobran las candidaturas, faltan las estructuras. Sobran los anuncios grandilocuentes, faltan los equipos, los procesos, la capacidad administrativa y la madurez para sostener el peso de una obra pública.
La política de la improvisación ha hecho demasiado daño. Y cuando un proyecto político nace sin cálculo, lo que al principio parece entusiasmo pronto termina pareciendo lo que realmente era: un impulso mal administrado, una ambición mal digerida o una aventura carente de profundidad.
Jesús no elogia al que empieza rápido. Jesús elogia implícitamente al que piensa antes de actuar. Y eso tiene enormes implicaciones para el liderazgo político.
El primer gran principio de este pasaje es que la planificación es una responsabilidad moral. No se trata simplemente de una destreza administrativa ni de una competencia técnica. Planificar es una forma de honrar la verdad. Es reconocer que las decisiones tienen consecuencias. Es admitir que no basta con tener intención; también se necesita capacidad. En el ámbito político, esto significa que ningún líder serio debe lanzarse a prometer, organizar, movilizar o aspirar sin haber evaluado con honestidad lo que posee y lo que le falta.
- ¿Tiene el equipo correcto?
- ¿Tiene preparación real o solo entusiasmo?
- ¿Tiene estructura territorial, disciplina interna y visión a mediano y largo plazo?
- ¿Tiene gente competente para gobernar, no solo para aplaudir?
- ¿Tiene la madurez necesaria para enfrentar la oposición, la presión, el desgaste, las crisis mediáticas y las contradicciones internas?
- ¿Tiene el temple para terminar lo que comenzó?
Esas preguntas no son accesorias. Son fundamentales. Porque una torre no se sostiene con emociones. Se sostiene con diseño, con recursos, con orden y con perseverancia. Y en política ocurre exactamente lo mismo.
Uno de los grandes problemas del liderazgo contemporáneo es la obsesión con el comienzo, como si iniciar algo fuera la prueba definitiva de valor, de visión o de grandeza. Pero la historia demuestra otra cosa. Comenzar es relativamente fácil. Lo difícil es terminar bien. Lo difícil es sostener una causa sin prostituirla. Lo difícil es llegar al poder sin perder el alma. Lo difícil es pasar de la denuncia a la gobernanza. Lo difícil es convertir una consigna en una política pública. Lo difícil es administrar la realidad con responsabilidad cuando ya no se está en la comodidad de la crítica, sino en la carga del mando.
Por eso Lucas 14 golpea tan fuerte. El problema no es solo que el hombre no pudo acabar. El problema es que comenzó sin haber calculado. El fracaso visible fue la consecuencia de una falla previa de juicio. No fue un accidente. Fue el resultado de no haberse sentado primero.
Eso también ocurre en la política. Hay candidatos que no debieron presentarse. Hay movimientos que no debieron constituirse como alternativa todavía. Hay alianzas que nacieron condenadas por falta de claridad. Hay partidos que quieren gobernar un país sin poder gobernarse a sí mismos. Hay personas que desean mandar sobre asuntos complejos sin haber demostrado dominio ni siquiera de sus propias contradicciones.
Y luego, cuando todo se fractura, cuando la obra se detiene, cuando la credibilidad se erosiona y la gente comienza a ver la incoherencia, llegan las burlas, la decepción y el descrédito. Exactamente como lo describe el texto bíblico.
La burla pública que Jesús menciona no es un detalle menor. Es una advertencia sobre la dimensión reputacional del liderazgo. En la vida pública, la credibilidad es un activo crucial. Un proyecto que se presenta como serio pero se desploma por inmadurez afecta no solo a quienes lo dirigen, sino también a todos los que depositaron esperanza en él. Una plataforma que promete restauración moral y termina devorada por la desorganización o por la lucha interna produce cinismo. Un liderazgo que se ofrece como solución histórica, pero demuestra incapacidad para ejecutar, alimenta la desconfianza general en las instituciones.
Y cuando la confianza pública se rompe, el daño es profundo.
Aquí conviene hacer una precisión importante. Hablar de estrategia no significa defender la manipulación. Hablar de cálculo no implica promover una frialdad inmoral. Hablar de planificación no significa negar la fe. Todo lo contrario. La Escritura no presenta la prudencia como enemiga de la convicción. La presenta como evidencia de sabiduría. El problema no está en pensar estratégicamente. El problema está en confundir la improvisación con la autenticidad, el desorden con la valentía o la impulsividad con el liderazgo.
La política necesita más prudencia y menos teatralidad. Más sobriedad y menos arrebato. Más disciplina y menos egolatría. Más gente que se siente primero y calcula, y menos gente que se lanza por vanidad, por presión de grupo o por romanticismo ideológico.
Hay, además, una lección muy necesaria para nuestro tiempo: no todo el que denuncia está listo para dirigir. Denunciar el mal puede ser necesario. Señalar errores puede ser legítimo. Exponer incoherencias puede ser incluso un deber. Pero nada de eso equivale automáticamente a tener la capacidad para gobernar mejor. La crítica no sustituye la competencia. La pasión no sustituye la preparación. La pureza del discurso no sustituye la arquitectura institucional.
En demasiados espacios se ha instalado la idea de que basta con tener principios correctos para dirigir con eficacia. Pero eso no es cierto. Los principios son indispensables, pero no son suficientes por sí solos. Sin formación, sin estructura, sin juicio, sin equipo y sin estrategia, hasta una causa legítima puede terminar por convertirse en una obra inconclusa.
Y eso también tiene una dimensión ética. Empezar una obra pública sin la diligencia mínima para evaluar su viabilidad es irresponsable. Prometer lo que no se puede cumplir es una falta contra la verdad. Crear expectativas sin fundamento es jugar con la confianza de la gente. Levantar una torre sin saber si se podrá terminar no solo expone al constructor a la burla, sino que también expone a la comunidad al desencanto.
La política, por tanto, requiere humildad. Sentarse primero a calcular es un acto de humildad. Significa reconocer límites. Significa aceptar que no todo lo que deseo corresponde a la capacidad. Significa admitir que quizá todavía no es el momento. Significa entender que la exposición pública no debe preceder a la preparación seria. Significa preferir el trabajo silencioso de la construcción antes que el aplauso prematuro del protagonismo.
Cuánta falta hace eso hoy.
Hace falta en los partidos. Hace falta en los movimientos emergentes. Hace falta en los gobiernos. Hace falta en las campañas. Hace falta en quienes aspiran a ocupar posiciones de poder sin haber demostrado el peso específico que dichas posiciones requieren. Hace falta en quienes hablan de transformación nacional sin haber calculado el precio institucional, humano, político y moral de esa promesa.
Lucas 14:28 al 30 debería ser una lectura obligada para todo líder público. Antes de construir una torre, siéntate. Antes de organizar una candidatura, siéntate. Antes de prometer una nueva era, siéntate. Antes de lanzar una plataforma, siéntate. Antes de condenar a todos los demás y presentarte como la última reserva moral del país, siéntate. Y luego calcula.
- Calcula recursos.
- Calcula la capacidad.
- Calcula el tiempo.
- Calcula oposición.
- Calcula desgaste.
- Calcula la estructura.
- Calcula costos humanos.
- Calcula los riesgos del fracaso.
- Calcula, sobre todo, si podrás terminar con dignidad lo que hoy quieres comenzar con entusiasmo.
La política necesita menos constructores de cimientos mediáticos y más edificadores de obras completas. Necesita menos vocación de espectáculo y más sentido de
Esta enseñanza de Cristo, traída una y otra vez a la conversación en mis intercambios con el Lic. Juan M. Gaud sigue siendo de actualidad dolorosa. Muchos quieren comenzar. Muy pocos se sientan primero. Y ahí, precisamente ahí, nace buena parte del fracaso político que luego intentan justificar con excusas, culpas ajenas o narrativas victimistas.
Pero la Palabra es clara. El hombre sabio no se lanza primero. Se sienta primero. Observa primero. Mide primero. Calcula primero. Y solo entonces decide si está listo para construir.
Porque comenzar sin poder terminar no es señal de valentía. En demasiados casos, es señal de inmadurez.
Y en política, la inmadurez no solo avergüenza al líder. También le pasa factura al pueblo.
Cierre
La enseñanza de Lucas 14:28 al 30 no debe reducirse a una frase bonita sobre presupuesto o prudencia individual. Es una advertencia seria sobre liderazgo, responsabilidad y visión. El país necesita líderes que no solo sueñen con levantar torres, sino que tengan la sabiduría de sentarse primero, calcular el costo y actuar con la seriedad que demanda toda obra pública.
Porque gobernar no es improvisar. Liderar no es emocionar. Construir no es anunciar.
Construir, en el sentido más noble del término, es comenzar con la decisión firme y responsable de terminar.
¡Bendiciones!

